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Liberando a las mujeres que hay en mí

Este es quizás uno de los post más difíciles a los que me he enfrentado en los últimos años. Un escrito que debo a mis mujeres, las que estoy liberando en mí. No es fácil para mí sentarme delante del ordenador y desnudar mi alma, dejando al descubierto heridas donde ahora brotan ríos de colores. Ríos que un día fueron oscuros.

Hace ya tiempo mi vida se desquebrajó bajo mis pies. Donde había confianza había una herida profunda, más allá de la mente, estaba en la esencia femenina de la que formo parte. Una herida más, heredada, abierta de nuevo en cada una de las mujeres que hay en mí.

La infidelidad es una herida que se abre dentro de nuestro ser femenino, ese centro de nuestras mujeres que nos habitan. De las mujeres, de nuestras ancentras, de las que estamos hechas. De las madres, las abuelas y bisabuelas y siglos atrás. De la traición a la mujer, a lo sagrado. A la privacidad de una relación y una cama de dos. Una privacidad que queda desnuda ante un infinito. Y me rompí en mil pedazos.

Todas las mujeres rugieron y lloraron los días y las noches, durante unos días y unas noches. Y poco a poco se fueron levantando. La salvaje chilló descanza por los bosques, sin encontrar respiro ni consuelo, guerrera vencida. Hechicera que de tanto bramar se quedó sin fuego ni fuerza ni nada. La niña quedó abandonada y perdida. La afrodita trató de distraerse con la lunas, y las lunas, para olvidar. Poco a poco se iban amansando, pero la herida estaba en todas las mujeres que me habitan.

Durante días, leía. Me constaba mantener la fuerza para las actividades más básicas. Me rendí y decidí renunciar al más minimo conflicto. Quizás suene bien, pero renunciar al conflicto significa estar en manos de lo que quieran los demás. Mi afrodita se apagaba. Mi hechicera renunciaba.

No era amor o no amor. Era la traición en mi ser femenino.

Todo el fuego lanzado me dejó sin piel. Pero todo es cíclico. Todo se limpia.

A ratos escribo en el mismo lenguaje que emplea el subconsciente. Como dice Jodorosky, algunas heridas sólo es posible curarlas hablando en el mismo lenguaje de los sueños.

Aún no recuerdo cómo llegué al Taller de Matilde Cáceres a hablar de mis mujeres. A exponerle sin reparo mis heridas. Eso fue en Junio. Tenía problemas reales. Llevaba meses sangrando aleatoriamente. Mi menstruación estaba descontrolada. Me sentía en un continuo síndrome premenstrual. Sangraba cuando mantenía relaciones sexuales o simplemente si esa noche lloraba demasiado y así llevaba casi un año.

Había pasado por terapéutas que ya no necesitaba. Había pasado por médicos, análiticas y ginecólogos. Se sospechó de cáncer de cérvix, pues parecía que podía haber alguna úlcera interna, que gracias a Diosa fue descartado. Allí no había nada.

Mis hormonas estaban en límites normales. Se concluyó que era emocional. Pero pasaban los meses y nada. Ni siquiera con la píldora anticonceptiva, que además me sentaba fatal, hubo nada que hacer. Seguía con sangrados abundantes y aleatorios.

Entonces fue que me encontré hablando con ella en el entorno de un taller de mujeres. Recuerdo, que según mis cálculos llevaba una semana de retraso en mi menstruación, y ese primer día, tan pronto salí del taller comencé a sangrar de nuevo.

Volvimos a reunirnos la semana siguiente y decidí que no volvía a tomar la píldora. No la había tomado antes de mi problema, y durante los dos meses que lo tomé me hizo sentirme muy mal. Seguí sacando todo lo que necesitaba en esos talleres. Hablaba de mi relación con las mujeres, con mi madre, con mi línea familiar materna y conmigo misma.

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A las cuatro semanas, coincidió con la Luna llena que participé en mi primer círculo de mujeres coincidiendo con la noche mágica de San Juan. Bailamos, nos miramos y nos abrazamos. Compartimos mucho esa noche todas las mujeres que allí estábamos. Me reencontré con mi Niña, con mi Madre, con mi hechicera y me hice la aliada de mi bruja. Y desde entonces me acompañan.

Quería dar un paso más y hacer mi sanación de útero. Estaba completamente paralizada. Absorvía energía de todos y de todo. Me tendí en la camilla y cerré los ojos. Me impuso las manos y me dejé llevar. Pasaron más cosas en esa sesión, pero es algo que guardaré para mí, me lo vas a perdonar. Tras la imposición sentí que mi cabeza y mi cuerpo se separaban y empezaban a dar vueltas en el Universo infinito lleno de colores, para luego unirse de nuevo. La energía volvía a fluir desde mi útero, que desde entonces tengo consciencia, que es mi centro creativo.

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Desde ese momento, a la siguiente luna mi energía fluía. Mi afrodita empezó a aflorar. La Niña comenzaba de nuevo a sonreir. La Madre me volvía a proteger. La hechicera se había empoderado y se reconocía libre, fuerte y poderosa. Y la bruja comenzaba a hacerse presente en la templanza e intuición de mis decisiones.

Mis mujeres empezaron a sanar ese día.

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Y desde entonces mi niña escucha solo música agradable. Yo le digo «tranquila, verás que todo sale bien»

Y mi Madre me controla y vela por mi bienestar y el de mi hijo. Y mi afrodita le ha hecho un guiño a la vida. Se va soltando, y sanando su herida con ese hombre y esa mujer que la entienden y la ven como Diosa.

Y mi hechicera se defiende inteligentísima y poderosa. Saca sus garras y se asegura para ella y los suyos.

Y la bruja se va reconociendo en la intuición y la sabiduría de la experiencia. Segura que tiene la capacidad de empoderar a mil mujeres.

Entré en la más profunda de mis sombras a encontrarme y de mi herida, aún abierta, ahora brotan ríos de colores.

La herida de mis mujeres va sanando.

Y mi útero es mi centro creativo.

Y con mi sanación es posible la catarsis entre todas las miles de mujeres que me leen. Yo con ellas y ellas conmigo.

Y desde que integré mis mujeres soy Diosa de nuevo. Me reconozco en mí del mismo modo que reconozco a las Diosas que hay en las mujeres que integran sus mujeres. Y Dios al hombre que se encuentra a si mismo y a sus hombres.

Volví a recuperar mi esencia. Libre del ego herido.

Ahora soy de nuevo Eva. Con mis mujeres revoloteando. Desnuda por los bosques, salvaje, diosa, bruja, niña, madre, afrodita, hechicera y guerrera. Yo me reconozco.

Namasté

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Hoy ha empezado un blog, El Poder de mi Útero. Dentro de mí sabía que en el momento que ella comenzara a escribir yo debía contar mi historia.

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Eva González Mariscal

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