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Mi experiencia de un nuevo año sin coche

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Este año accidentalmente me quedé sin coche. Estaba aparcado en la puerta de casa. Un día de niebla un señor mayor estaba sin mucha visibilidad y se empotró contra él. Salió un poco aturdido pero poco más. Después de varios días en el taller para el peritaje conveniente el seguro declaró el coche siniestro total. Sin muchas ganas de pelear acepté de buen agrado la idemnización.

Es cierto que al principio me sentí bastante perdida sin coche. Vivo a pocos kilómetros de Sevilla, mi ciudad. En un pueblo de más de veintemil habitantes. Trabajo desde hace unos años en Internet, por tanto no necesito desplazarme por motivos laborales. El colegio, a apenas cinco minutos andando y dos en bicicleta. Los supermercados y tiendas a un ratito. Entonces, después de unos días de estrés buscando coche, pidiendo coches prestados y tras quedarme sin un coche que me prestaban me planteé ¿de verdad merece la pena tanto estrés por tener de nuevo un coche que en realidad no estoy segura de necesitar.

Y así fue como decidí que iba a vivir sin coche. Entonces roté todo mi eje de pensamiento. Ya no quería tener coche. Al menos no durante un tiempo. Un coche es una responsabildad. Hay que tener al día el seguro, los impuestos, las posibles reparaciones…

Con el paso de los días me di cuenta que ese supuesto objeto liberador que es el coche me había restado libertad y sobre todo consciencia. Antes era fácil dejar de hacer lo que necesitaba, como centrarme en el trabajo por ir a comprar, por ejemplo, unos vaqueros a veinte kilómetros que en realidad no necesitaba. Es más, ni siquiera me planteaba que quizás andando unos quince minutos o bien en bicicleta en unos tres minutos podrían encotrar esos mismos vaqueros o similares en una tienda de mi barrio.

Otra de las cosas es dejar de hacer compras de alimentos a lo grande. Viviendo tan cerca de tiendas y super podia darme el lujo de comprar poco a poco, justo lo que necesito cada día o dos días. Alimentos más frescos. Y realmente dejar de tirar cosas. Dejar de tener el frigorífico lleno y pasar a algo mucho más despejado donde en un vistazo puedo ver qué tengo o qué no.

Ahora me desplazo a la ciudad para cosas más contadas. Evalúo si realmente necesito ir a esa conferencia, curso o salir un rato. Lo hago menos y con más intencionalidad. Al no ser tan sencillo, requiero de montar en un autobus, esperar que llegue, que vaya, los horarios, elijo más lo que hago.

Ahora pido más ayuda. Es cierto que en algunas ocasiones sí que necesito el coche. Pero parece que cada vez menos. Siempre hay plan alternativo. Pero si llueve y tengo que desplazarme con el niño, casi siempre me han ayudado. Así me he hecho consciente de la suerte que tengo de contar con personas que pueden entender mi «experimento» y me ayudan cuando por algún motivo no encuentro alternativa. Últimamente no ha sido mucho.

Mi conclusión después de varios meses es que definitivamente vivo mejor sin coche. Me hace disfrutar más la bicicleta de mis desplazamientos. Me relaja que otros tomen el mando del volante. Agradezco verdaderamente haber logrado trabajar en casa y no depender de un coche constantemente para trabajar desde mi pueblo a la ciudad. Me alegro de llevar a mi hijo al colegio y las actividades en bicicleta, para él ha sido un cambio positivo al cien por cien.

Me gusta haber dejado el coche, acostumbrada a él desde los dieciocho años.

He sacado varias lecciones de esto:

  1. El hecho de estar acostumbrada a algo durante años no lo hace imprescindible. Se puede vivir muy bien sin «imprescindibles».
  2. Las cosas cambian mucho cuando cambiamos la forma de afrontarlas. Donde había un problema en un principio, encontré una manera de disfrutar del cambio.
  3. Hay que poner a prueba nuestras certezas. Se pueden encontrar muchos caminos inexplorados mucho más interesantes.
  4. Las circunstancias a veces son las que son. Genera más estrés volver a lo de antes porque cuando algo pasa, es para que aprendamos algo no para que tengamos que volver al punto inicial.
  5. Las mejores oportunidades están en las crisis. Más grandes o más pequeñas, nos dan la oportunidad de cambiar cosas, que por propia iniciativa quizás no hagamos.

No sé cuando volveré a tener coche. En ocasiones creo que lo necesitaré en un futuro. Pero lo cierto es que en el presente inmediato, no es necesario. Me preocupa el hecho de seguir pensando a futuro, cuando el presente es lo único sobre lo que tengo certeza. Y sé, ciértamente que no lo necesito.

 

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