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El diez de enero de 2016

—¿Cuál es la fecha de tu última regla?
Así han empezado muchas de mis conversaciones en 2016.

En este año me he quedado embarazada, me he casado y he parido a Matilde. Mi última regla fue el diez de enero.

Todo lo que merece la pena es difícil.

Este año fue duro. Pasar un embarazo, un parto y estar en pleno puerperio para final de año es una experiencia maravillosa y profundamente transformadora. Tiene tanta luz como sombra. Y es de una energía tan fuerte que era capaz de sacudirme a mí y a todo mi entorno.

Me he casado. Alfonso ha sido mi sostén emocional más fuerte y estable este año.  Ha sido mi muro de contención. De mí hacia afuera y de fuera hacia mí.

Hemos cambiado tanto desde que nos conocimos que casi no nos reconocemos.

Sin embargo yo me siento más auténtica que nunca. Con él he soltado cada una de las máscaras que tenía. Nos hemos enfrentado juntos al año. Hemos tomado decisiones muy valientes. Decisiones vitales.

He visto a Alfonso sacudirse de imposturas y relucir. Brillar. Y eso me ha hecho tremendamente feliz porque he tenido el privilegio de acompañarlo y disfrutarlo estos últimos años.

También se cumplieron los dos años de mi separación. Para mí era un momento clave. Me dijeron que todo cambiaría a partir de esa fecha en mi interior. Que toda la transformación que viviría sería fascinante. Que se cerraría el duelo de una etapa de mi vida que tuvo un final repulsivo. Tendría que buscar como construirme a partir de la nada, porque no habría nada que reconstruir. No quedaría mucho de lo que fui.

Me construí de lo que no quedaba. Así que me inventé.

Soy lo que quiero ser y no lo que nadie quiere que sea. Y me conozco porque me fabriqué a mí misma durante estos dos años.

Pasó como tuvo que pasar , como pasan todos los huracanes. Destruyendo lo que no era estable y volviendo a construir a partir de ahí.

El pasado volvió a tocar los ovarios de nuevo. Pero se enfrentaron a alguien que desconocían por completo. Enfrentarme a quienes trataban de hacer daño me devolvió el poder. Seguramente tenía que pasar así. Y pasó. Y salió la loba a defender.

Ha sido el año en que definitivamente confié en mi hijo y en su pontencial. El que lo defendí de todos. En el que no di razón al sistema. Pero le dejé ser dentro de él. A él y a ella se les devolvió el poder que tenían de salirse con la suya y conseguir las cosas. Porque pueden y lo saben, y lo consiguen. Y se enorgullecen.

En el 2016 he sido coherente. Lo que otros llaman paz interior, y pasan la vida intentando encontrarlo. He sido muy coherente entre lo que decía y lo que hacía. He sido coherente entre lo que pasaba dentro y lo que proyectaba hacia afuera.

Me he leído más de cien libros este año. Calculo que habré pasado leyendo cuanto menos mil cien horas. He leído sobre maternidad, lactancia, parto, puerperio y crianza. Con eso este año soy un poco más sabia. Y más coñazo para discutir.

En este final de año me estoy descubriendo impasible.Desapasionada con aquello que debería perturbarme. Así que enfoco todo en lo que me gusta. En lo que amo. En quienes amo.

Despues de tener un embarazo complicado, una boda «express», un parto doloroso y un puerperio inestable, me siento preparada para todo.

Este año también he tenido una explosión creativa y ha cambiado mi suerte. Ahora todo me es favorable. Hasta lo malo me enriquece. Y mis malos ratos se han convertido en una fuente de inspiración.

Estoy cultivando un sentido del humor a prueba de bombas. Yo que creí no tener ninguna gracia, me las encuentro todas. Yo que creía que sería serio madurar, he aprendido que ser adulto es sonréir y llorar. Cambiar de uno a otro todo el tiempo.

Mi año lo he vivido rodeado de mujeres. Mujeres grandes y poderosas. Fuertes. Sin tantos juicios. Sin tantas suposiciones. A las que querer, admirar y desear achuchar aunque muchas estuvieran lejos. Algunas estaban desde siempre ahí. Toda una vida. Otras aparecieron estos años. Y las que vinieron en este año. Gracias a ellas me sentí más fuerte, válida y capaz.

Y a mi padre. Mi padre estaba ahí siempre también. Porque soy de las hijas complicadas que no le da para aburrirse.

Quiero que la vida me sea suave este año. Que me de tiempo a estar con la gente que quiero, a darle muchos abrazo y besos. Que la vida se preste bonita. Que haya de todo. Terminar cada cosa que empiece.  Que cada noche pueda sentir a Alfonso en mi cama y a mis niños felices. Y seguir cultivando mi estupendo buen humor. Y seguir siendo feliz la mayor parte del tiempo.

Ha sido el año de los frigoríficos, los palets y los akelarres.

Que Diosa os sea, a todas y todos, amable.

Feliz 2017

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