#4 Confía en ti plenamente

poco

Todo el mundo me veía potencial, pero poca gente ha confiado durante muchos años en las decisiones que tomaba. En ocasiones ni siquiera yo sabía las razones por las que hacía ciertas cosas. Tomar decisiones es muy difícil y a casi nadie nos enseñan a decidir. Por tanto es difícil que confiemos en si hacemos lo correcto.

Por otra parte cuando alguien veía en mi potencial, no estaba de acuerdo en mi manera de enfocarlo. Durante toda la adolescencia y parte de la veintena nadie era capaz de entender lo que hacía. A veces yo tampoco. Eso genera muchos sentimientos contrapuestos, ¿tendrán razón los demás? ¿tendré yo la razón? ¿qué camino estoy tomando en mi vida? ¿A donde me lleva? 

A menudo determinamos cómo nos sentimos a través de los demás. Da igual que nos lo digan o no. No puedes dejar en manos de los demás tu confianza. No puedes esperar que los demás confíen en ti si tú misma no lo haces. No tiene sentido pedir a los demás que hagan algo que nosotros no hacemos por nosotros mismos. Es un comportamiento infantil esperar siempre la aceptación de los demás. Lo hacemos cuando somos pequeños, pero como adultos tenemos que aprender a vivir sin estar constantemente pendiente de la aprobación de los demás.

Yo sé que es complicado. Tuve que hacerme cargo de mi misma como única forma de poder llevar adelante mis proyectos. Si ni siquiera podían comprenderlos ¿cómo iban a aprobar que lo hiciera? Más adelante, cuando los demás ven que lo que haces funciona casi siempre entonces sí que confían en ti. Pero para entonces tú ya has dejado de necesitar esa aprobación. Ya no es importante, porque ya te lo has demostrado a ti mismo.

En realidad funciona como un círculo vicioso. No confían en mí, por tanto no confío en mi, y eso hace que no haga cosas diferentes que los demás no aprueban. Pero lo cierto es que la mayoría de personas no son capaces de ver lo que ves tú. Cada uno tiene una visión del mundo consecuencia de su experiencia vital. Muchas veces simplemente tienen miedo de que nos haga daño lo que hacemos. Les da miedo que podamos fracasar y nos sintamos mal por ello. Les da miedo que nuestra vida no se corresponda con las expectativas que tienen de nosotros. O también puede que tengan miedo a que desperdiciemos ese potencial en proyectos que ellos no entienden de la importancia que tienen para nosotros.

A veces tendrán la razón y otras no. Eso no es lo que importa realmente. Lo que es imprescindible es que te equivoques o aciertes tú con tus propias decisiones. Que yo acierte o no es mi responsabilidad como adulto.

Con esto no quiero decir que se deban dejar pasar consejos importantes. Pero de aquellas personas que puedan aportarnos su visión. Quizás de esas personas que hayan estado ya detrás de ese muro que tú quieres cruzar.

Hacerse cargo de uno mismo es una gran responsabilidad. No podemos dejar las decisiones que debemos tomar en manos de otros. Ni de la familia, ni de los amigos, ni de la pareja. No debemos vivir por y para su aprobación. Quienes nos quieren seguirán a nuestro lado. No se pierde cuando se avanza, se suman más cosas. No es justo para ellos que recaiga la responsabilidad de decidir por nosotros. Nos infantilizamos cuando lo hacemos. Cada uno debe ser responsable de si mismo y sus decisiones.

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