beso manos libres

Ponte en manos libres

Adoro a mi esposo. Y ser madrastra, por feo que suene el nombre, es una de las experiencias más enriquecedoras que he vivido en mi vida. Porque la de madre se nos presupone. Nos sobreviene y nos cambia el mundo. Pero para asumir el papel de «madroide temporal», en mi caso en compartida, es algo que nadie te prepara. Madrastras, madroides, son nombres todos muy feos. Tan feos como familias reconstituidas, mecano o patchwork.

Las madrastras estamos al nivel de las suegras en los cuentos de hadas. Con Hansel y Gretel, Cenicienta o Blancanieves ya el nombre de madrastra da pavor. Es una especie de madre malévola y destructiva.

Y ciertamente es complicado el papel de madrastra. Es difícil porque los niños llegan a una edad en que se enfrentan a sentimientos muy complicados. A cierta edad sienten que traicionan a su madre si lo pasan bien en el otro hogar. Se llegan a sentir culpables por cosas insignificantes, pero que para ellos es de vital el importancia. Cómo por estar felices con nuevos planes o incluso salir solos con la mujer del padre.

En muchas ocasiones la madre compite con la madrastra. En mi casa ha habido problemas desde llevar las uñas pintadas, comer chicle, macarrones o cortar las puntas. Y me consta que es muy común que esto ocurra. Los niños acaban viviendo esto y teniendo miedo a un montón de actividades.

A mí me parece especialmente triste, por ejemplo, cómo con seis años son capaces de cambiar toda su ropa y volver con ropa del progenitor con quien le toque la semana. A veces porque los zapatos que compraron en una casa no gustan en la otra. O broncas por sustituir los cordones por elásticos.

La primera vez que me sentí muy mal con respecto a mi papel de madrastra fue por causa del móvil.

El primer día que la hija de mi esposo vino a casa, mi marido no paraba de hacerle fotos y enviarlas a la madre. Por alguna inexplicable razón, que no voy a detallar, si había constantes fotos de la niña en sus actividades mi marido podía estar más tiempo de lo que correspondía en sentencia con la niña. Una especie de trato perverso, para mí, como parte colateral.

 

La cuestión es que me sentí invadida mi intimidad ese primer día y le pedí que parara. Que al tiempo que enviaba las fotos estaba dejando mi intimidad al descubierto. Mi casa, con sus cosas tiradas por el suelo. Mis actividades de ocio. Mi vida al fin y al cabo. Porque era constantemente. Y luego eso iba a pasar por una crítica como pasó posteriormente.

Yo vivo en las redes sociales. Pero odio hacer fotos todo el tiempo. Aún más odio que me hagan fotos constantemente. O la gente que se hace fotos constantemente.

Cuando paso por épocas complicadas, trato de aparcar el móvil. Me pongo en manos libres.

Mis manos me pertenecen. Y quise recuperar a mi marido. Me parecía una costumbre esquizofrénica para todos e insoportable para mí. Además odio el control.

Le pedí que parara. Y le costó. En realidad tuvo el coste. El miedo a perder. Y perdió, y se tuvo hasta que celebrar un juicio para recuperar esas horas y noches de tiempo con su hija.

Lo siento, me pudo. Y lamento muchísimo que eso fuera así. Pero es que no podía soportar los reportes constantes.

¡Y perder las manos de mi marido! Perder su tiempo, su atención en su familia y su vida.

Si a alguien le ha costado tener las manos libres en la vida es a él.

Pero hay que dejar las manos libres.

  1. Dormir en lo posible con el móvil fuera del dormitorio.
  2. Acordar con antelación llamadas y horarios de llamadas de la progenie. Es de locos estar pendientes del móvil.
  3. Dejar las fotos para cosas especiales, pocas y significativas.
  4. Disfrutar los viajes sin fotografiar todo el rato.
  5. Quitar las notificaciones de las aplicaciones. Ganas en baterias y tomas el control de la vida.
  6. Salir más de casa sin llevar teléfono o llevarlo no accesible si es que tienes que tener llamadas.
  7. Llevar una libreta para apuntar cosas.
  8. Apuntar las reuniones en papel y pasarlo luego.
  9. Hacer las listas en papel, los mapas mentales.
  10. Hacer dibujitos en las libretas chulas que compramos.

Me hace mucha gracia. Mi marido es muy literal. Cuando me explica que alquien le ha mandado un email me dice «si quieres te lo leo». Yo siempre prefiero que me lo cuente. Porque en realidad lo que me interesa es el impacto en él. Hasta libros se han escrito sobre tener las manos libres, que por supuesto me he leído. Y comparto. Y adoro a la autora. Con ella pensé que estaba un poco menos loca.

Soy una persona que vive de Internet. Me ha dado todo profesionalmente. Y no considero que me haya quitado nada. Pero sigo necesitando vivir con las manos libres y sin pantallas. Me ha dado dinero, una forma de vida, porque trabajo desde casa para mis clientes y

Viví años con un hombre pegado un móvil. El peor recuerdo de mi vida con él fue un WhatsApp a las cuatro de la mañana donde descubrí que me ponía los cuernos. Le tomé mucha tirria al móvil, lo reconozco.

A pesar de todo puedo convivir con mi amor a la tecnología y el amor a mis manos.

Nota: Acabo de decir a una clienta la gran verdad de mi vida. Gracias a Internet y mis clientas puedo trabajar desde casa y criar full time desde hace siete años. Aprovecho para dar las gracias a todas.

 

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